Teología electoral y futbol mexicano

Héctor Alejandro Quintanar

hector7185@hotmail.com

03 de febrero de 2009

 

Los sábados por la noche  lo que se  busca no es preocupaciones  o iracundia, sino un poco de   sosiego y esparcimiento. Aunque,  no se olvida,  en estos agitados tiempos   parece cada vez más difícil  hallar   cierta tranquilidad ante la brega diaria. No obstante,  nunca falta tiempo para mirar un partido de futbol, máxime cuando el  equipo favorito de uno es el que juega.

Al mirar el juego de Guadalajara contra los Tecos de la UAG, sin embargo,  diversas reflexiones   quitaron a la noche  su carácter de  solaz:  el uniforme de los universitarios llevaba  una leyenda  con el nombre de “Nayarit”, e inmerso en él,  iba camuflado, a manera de propaganda,  el nombre del gobernador de esa entidad, Ney González.

Diversos puntos resaltan a la vista ante  tan perpleja situación.

El primero es el  afán electorero del cual  toda la caterva de políticos    profesionales parece padecer. Ante las  nuevas reglas electorales,   estos  sujetos,  en desquiciado derroche de irresponsabilidad, buscan las maneras más  risibles y abyectas de   promoverse, en lo que  se figura más a un delirio de  grandeza que a  un afán de posicionamiento   político.

¿O no es absurdo pensar acaso que  la sociedad  va a sentir simpatías por Ney González  sólo porque puede leer el nombre de éste en la casaca de los Tecos de la  UAG(equipo que, por lo demás, está inmerso en la mediocridad y en la escasez de seguidores)? ¿Tan dúctil y conductista creen que  la población es?

Dado que vivimos en una  “democracia electoral”, donde la participación política mexicana parece circunscribirse  meramente a las jornadas comiciales,  el voto se vuelve objeto no de deseo, sino de delirio, y la actividad política de los funcionarios  está encaminada a la manipulación y  compra de conciencias, no al gobierno  y a la conducción adecuada del entramado social.  La notoria y desmesurada propaganda a toda costa –que es, dicho sea de paso, mediocre, carente de ideas, abusiva de lugares comunes e inmersa en subterfugios- no es sino  un reflejo de  esta nociva  teología electoral mexicana.

Por otro lado, corría la década de los sesenta cuando   Guillermo Cañedo se  enroló en las filas administrativas del club América para sacarlo del atolladero tanto futbolístico como financiero en el que estaba. Las palabras que dijo, según el ex arquero  Walter Ormeño, al asumir las riendas de los entonces azulcremas    fueron ilustrativas: “Yo de futbol no sé nada, pero de negocios conozco mucho. Y yo les aseguro que esto va a ser negocio”.

Poco hay que relatar desde entonces: hoy el fubtol es un multimillonario espectáculo   a cargo de  un hatajo de barones –donde papel especial  juegan los  dueños de las televisoras-. Las premoniciones de  Cañedo fueron certeras.

La conjunción de futbol y política  también es de abolengo.   En tanto el futbol se trata del deporte     que más gusta a los mexicanos,  y a cuya vista  destinan  buena parte de sus días de descanso, no han faltado los  mercenarios de la manipulación,   dispuestos a   mezclar ambas  categorías –deporte  y política- con tal  de sacar provecho.

¿No acaso  en México  existe la tradición de que  cada equipo que salga campeón visite al presidente en turno? ¿No acaso los políticos  de alto nivel son los primeros en colgarse de los logros  deportivos de muchos   futbolistas? Si desde hace décadas   se comenzó  la costumbre de  contratar  figuras del balompié para anunciar   productos  en venta (por ejemplo, cuando la gran Tota Carvajal,  uno de los grandes guardavallas mexicanos, aparecía en los comerciales  de Chocomilk), ¿no suena lógica la  intervención de esas mismas   figuras en la promoción de algún político, ahora que éstos se  han vuelto un producto  de mercadotecnia?

No  hace  mucho,  la  Femexfut   entró al conflicto  electoral de 2006 cuando en la final del torneo de apertura de ese año (disputada por  Chivas y Toluca)  hizo que los   22 jugadores, antes de  iniciar el encuentro,  portaran una manta que instaba a los mexicanos a respetar  la toma de posesión de Felipe Calderón, cuando sobre éste pesaban –y siguen pesando- las  triquiñuelas  que lo hicieron presidente a la mala.

Del mismo modo, en agosto de 2008,   los equipos mexicanos  jugaron una jornada del   torneo de apertura   con listones blancos e invitaron a los aficionados a  vestir de ese color en los estadios, para estar a tono con los llamados  a protestas por la  violencia  e inseguridad, y tras la realización  de una marcha  en la ciudad de México  encabezada por el organismo progubernamental México Unido Contra la delincuencia.

El activismo de la  cúpula futbolera del país es  amplio  y notorio. Eso sí, hipócritamente  coartan la libertad de expresión individual de los jugadores, puesto que les tienen prohibido   mostrar leyendas o imágenes  para festejar un gol (no vaya  a ocurrir como en Europa,  donde  futbolistas dignos como Frederik Kanouté, del Sevilla, alzan la voz desde la cancha  para protestar, como lo hizo recientemente  por los ataques israelíes a Gaza).

¿Qué papel juegan los Tecos en este entramado? No podemos olvidar que se trata  la universidad de donde provienen de una secta de la ultraderecha, donde    se tenían prohibidas las  vestimentas “estrafalarias” y donde se prohibían las lecturas de  libros editados  por la UNAM o por  Siglo XXI.

Las tropelías de los otros tecos, grupo de choque financiado por la misma universidad,   hizo y deshizo  violentamente   y  se plantea que  su activismo sigue vigente.   A más,   la Universidad Autónoma de Guadalajara  ha hecho el ridículo enormemente al   tener en su  lista de  Doctores  Honoris Causa  a  genocidas como  Alfredo Stroensser (ex dictador paraguayo)  y Anastasio Somoza (criminal de estado nicaragüense).

Hace poco,  los Tecos,  futbolistas,  salieron a la cancha con una manta que    instaba a rechazar la  ley del aborto. Estaba redactada con los mismos argumentos  de los sectores más  duros del conservadurismo católico y del PAN.

Hoy,  hacen proselitismo de un gobernador priista, por la sencilla razón de que las derechas no tienen  ideas, más bien intereses. La ultraderecha se mueve a donde el dinero la lleve.

Pocas conclusiones pueden sacarse del desaguisado. La  más  notoria,  y sabida de ellas, es que tanto  la política y el futbol  mexicano se han degradado para tornarse en simples   negocios. Muy jugosos, eso sí. 

 

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