La revolución de las ideas/2

Libros prohibidos

Eduardo Rodríguez Soto

lase25@gmail.com

03 de febrero de 2008

EXPRESAR LAS ideas en un mundo donde la ideología sólo podía ser una, se convertía para quien osaba en hacerlo en una actividad riesgosa. Cuando el 13 de agosto de 1521 cae la ciudad de Tenochtitlan en manos de los españoles, una nueva forma de ‘sentir al mundo’ sería impuesta a los oriundos de las tierras mexicas. Nada de alabanzas, ritos y ceremonias a dioses extraños. Nada de cuestionamientos a los nuevos gobernadores ni a los evangelizadores. Nada de ello era permisible puesto que desde aquel instante se pensaría y se viviría como se dijese tenía que ser.

            La cosmovisión de una cultura poco a poco sería desgarrada hasta intentar anudarla con persecuciones y castigos asestados. Pero no pudieron del todo porque los sentimientos y las ideas nunca pueden estar siempre anudados. Son como aquella frase que el poeta Pablo Neruda compartió al mundo: “Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera.” Y la primavera de la expresión de las ideas florecía aún entre prohibiciones.

            La Inquisición, surgida en Europa en 1229, se estableció en México como una Inquisición Monástica en los días posteriores a su conquista pero no fue sino hasta 1571 cuando formalmente se fundó. Su misión: “perseguir y descubrir a los herejes.” Pronto comenzaron las pesquisas de quienes atacaban lo sagrado, incluso con la lectura de libros “demoniacos.”

La historiadora Celia Vargas Martínez narra en su obra Libros prohibidos por la Inquisición Novohispana en el Siglo XVI –UNAM-FILOS-, que desde España hubo una agencia aduanal llamada La Casa de Contratación de Sevilla, la cual revisaba los libros que podían entrar o no a las nuevas colonias. Así mismo, cuenta que “Fernando de Valdés, inquisidor general, promulgó el Catálogus Librorum qui prohibentur que se revisaba periódicamente en Roma y España, y que era una lista de libros prohibidos o un índice. Los libreros debían tener una copia del catálogo para no introducir en las colonias las obras que en él se marcaban.”

Aún así, los libros prohibidos entraban a territorio mexica por contrabando desde el puerto de Veracruz, escondidos en barricas de vino, en cajas de fruta y en cajas con doble fondo. Y nos dice la autora antes referida: “Pasaban a la Nueva España obras de Erasmo, biblias heterodoxas 1531, 1532, 1542, 1546, 1549, 1551, etc. Circulaban obras clásicas de Homero, Plutarco, Virgilio, Cicerón, Ovidio, Marco Aurelio, Lucano, Terencio, Petrarca, Camoens, etc., que circulaban con libertad.

“También se han encontrado obras de los clásicos hispanos, poetas, dramaturgos, novelistas y místicos como Jorge de Manrique, Juan de Mena, Herrera, Garcilazo, Ercilla, Lope de Vega, Francisco de Rojas, Diego de San Pedro, Mateo Alemán, Espinel, Cervantes y los dos Luises de Granada y de León. Libros de caballería prohibidos como Amadis de Gaula, el caballero de Febo, D. Oliveros de Castilla, Palmerín, los dos caballeros Celidón y el Determinado, D. Olivante de Laura, D. Belianis, Roncesualles, Roldán, etc. Obras históricas, geográficas, tratados de ciencia y jurisprudencia, etc.”

Mientras se hacía la revisión de pasaportes cuando los barcos llegaban al puerto de Veracruz, los ‘comisarios’ hurgaban en el equipaje de las personas en busca de los libros. Se llevaban todos a la aduana y allí los comparaban con la lista de obras prohibidas. Si no eran prohibidos los regresaban a sus dueños pero si lo eran, los confiscaban y sus dueños eran investigados, posteriormente castigados.

“[E]l Concilio Provincial Mexicano (1555), en su capítulo LXXIV insistía sobre el peligro que representaba la imprenta y la difusión de libros considerados dañinos. Para remediar el problema de los libros prohibidos, se pide que no se imprima o publique ninguna obra que no sea revisada por la Inquisición y quien lo hiciera sería excomulgado y pagaría una multa de 50 pesos para obras pías.

“Se les prohibía a los libreros comprar sin autorización so pena de excomunión y multa de 100 pesos, tampoco podían vender. Pedían a todos los que tenían libros los llevaran para su aprobación so pena de 50 pesos y excomunión, 6 días después de la pronunciación de la constitución. Que no se vendieran libros a los indios porque se ofendía a Dios.” (Ibídem).

Las primeras imprentas estaban bajo el dominio del gobierno y del clero y nada podía publicarse sin previa revisión. De ello nos ocuparemos en la siguiente entrega, en la que, además, revisaremos los antecedentes del periodismo mexicano.

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