La revolución de las ideas/1

                        El triunfo de Aristegui

 

                                                                                                                     Eduardo Rodríguez Soto

                                                                                                          lase25@gmail.com

 

En el amplio terreno de la comunicación, la batalla entorno a la libertad de expresión es siempre compleja, pues al ser, por naturaleza, el ser humano un ser expresivo, sus pensamientos entorno a su realidad lo provocan para manifestar sus opiniones políticas o sus concepciones intelectuales.

La expresión de las ideas, entonces, se convierte en un terreno de batalla porque -cuando éstas fluyen-, afectan intereses personales o de grupo.  Las cúpulas políticas, religiosas, económicas y sociales, lo dice la historia, son las más preocupadas en evitar ser cuestionadas ante sus formas o prácticas, y para ello han se valido de diversos métodos represivos.

En nuestros días, el periodismo, cuya vocación define el periodista y escritor Vicente Leñero como la que por sí misma “no cambia a la sociedad” sino que muestra “los tintes oscuros de nuestra realidad, sin el conocimiento de los cuales es imposible cualquier transformación,”  juega un papel clave en el ejercicio de un derecho fundamental, establecido en los artículos sexto y séptimo de nuestra Constitución: el derecho a la información, a informarsEn nuestros días, el periodismo, cuya vocación define el periodista y escritor Vicente Leñero como la que por sí misma “no cambia a la sociedad” sino que muestra “los tintes oscuros de nuestra realidad, sin el conocimiento de los cuales es imposible cualquier transformación,” e, informar y a ser informado y a la expresión de las ideas sin previa censura.

En esta entrega de textos para la revista digital Escrutinio, pretendo llevar al lector a un viaje a nuestro pasado para que identifique la censura en la prensa, sus causas, sus reglamentaciones y sus principales actores, además de orillarlo a que forme sus juicios sobre el panorama actual de los medios de comunicación y la relevancia de éstos como factores, ya no de la consolidación de la democracia sino, primero, de la democratización de la sociedad.

 El punto de partida: de la Nueva España y su Constitución de Cádiz, hasta la contemporaneidad que nos atañe: la Ley Televisa y luego la Reforma Electoral, hasta la negativa de la mayoría de los actuales legisladores en formular una nueva ley de medios y de telecomunicaciones, bajo los lineamientos que en 2007 la Suprema Corte les recomendara, después de echar atrás a la Ley del duopolio televisivo.

Elijo el título de “La revolución de las ideas” porque son éstas las que provocan, las que alteran, las que incomodan, las que, debieran estar, en la justa medida, en libertad y revolucionar para bien nuestras realidades como sociedad, y, por qué no, para viajar por todos los medios posibles, incluido el Internet, derrotero en las comunicaciones.

El camino parece ser un poco largo, no lo niego, y espero congratularme y cumplir las expectativas de este proyecto, pero sobre todo, que tú, lectora, lector, me acompañes quincenalmente en esta investigación periodística, la cual estará, así debe ser, salpicada por los distintos géneros que le dan sentido al periodismo.

Daré paso, pues, a mi primera entrega. Comienzo de adelante para atrás con la intención de celebrar el regreso de Carmen Aristegui al cuadrante.

 

 

Por la pluralidad

 

UNO DE los riesgos eminentes para la democratización de la sociedad en México es, sin duda, la concentración de los medios electrónicos de comunicación, principalmente la radio y la televisión, en las manos de unos cuantos concesionarios. De esta manera, los mexicanos cuentan con  fuentes de información limitadas para enterarse de los asuntos públicos o para ver, escuchar y/o disfrutar contenidos diversos.

         Este problema no deja de ser grave, puesto que en ningún otro país del orbe la radio y la televisión están tan capturadas en pocas empresas de comunicación como en el nuestro. Tan sólo Televisa y TV Azteca, las dos más grandes televisoras del país, concentran el 95 por ciento de las 437 concesiones para televisión abierta. Por si fuera poco, en el caso de la radio comercial, el 80 por ciento de las mil 150 concesiones existentes lo ostentan 15 grupos radiofónicos[1], aunque el número de tales grupos no sea inequívoco por completo debido a las constantes rentas, ventas o traspasos que los titulares de las concesiones realizan con terceros, lo cual no impide la Ley Federal de Radio y Televisión.

Es entonces que la información que reciben los mexicanos pasa, en su mayoría, por reducidos grupos empresariales de comunicación. Con ello sobreviene un “cercenamiento de derechos fundamentales como son la libertad de expresión y el derecho a la información, pues las barreras de acceso a las frecuencias para nuevos operadores podrían no sólo generar una posibilidad de pluralidad, sino garantizar mecanismos para la equidad en el ejercicio de derechos básicos. Por otra parte… se moldean los gustos y los valores y se construye la agenda pública desde los centros de producción de mensajes.”[2]

Y si apostamos en construir un modelo democrático sólido en nuestro país, porque aún no lo hay a plenitud, el tema de la concentración de la radio y la televisión en las manos de unos cuantos, no debe, por ningún motivo, desatenderse. El tema “de los medios de comunicación se ha convertido (hoy en día) en un espacio esencial, por donde pasa el Estado y la Nación. Y por lo tanto, los medios no pueden eludir su tránsito por un nuevo sistema de legalidad y constitucionalidad democrática, que demarque con toda claridad su responsabilidad social y política en esa interacción, que es además, construcción de la democracia.”[3]

México es un país que cuenta con una cultura vasta, milenaria; hay naciones enteras dentro de esta bella nación. Por ello, la lógica política-legislativa debiera proveer un proyecto multicultural a través de los medios, el cual sea reflejo de la realidad mexicana y mundial, y no sólo proyectos afines a los poderes fácticos, que ya de por sí tan asfixiado tienen al país.

 

“Las reglas del juego”

En un intento por definir qué cosa es la democracia, el artículo 3° de la Constitución mexicana, el cual habla sobre la educación, refiere que la democracia “no solamente es una estructura jurídica y un régimen político, sino un sistema de vida fundado en el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo.”

La radio y la televisión, si bien no son los elementos únicos para la democratización de la sociedad, sí son elementos de gran peso por su inmediatez y alcance ubicuos; son las venas por las que fluye la información política y cultural de nuestro entorno. Y si nuestro entorno está compuesto por una pluralidad de realidades, de ideas, de voces y pensamientos, la radio y la televisión tendrían que contribuir a ese “constante mejoramiento” de los componentes sociales de nuestro país, lo cual nos llevaría a informar de mejor manera a los ciudadanos y, por tanto, a lograr una democratización de la sociedad.

Ahora bien, el apartado “a” del artículo 26 Constitucional es más alentador en cuanto a cómo se debe construir la democracia, y dice: “El Estado organizará un sistema de planeación democrática del desarrollo nacional que imprima solidez, dinamismo, permanencia y equidad al crecimiento de la economía para la independencia y la democratización política, social y cultural de la Nación.”

¿Qué sería de México si estas líneas constitucionales se cumplieran? Otro México nos pintaría. Pero la realidad es otra. Los monopolios en los medios de comunicación o en otras empresas están presentes, a pesar de que el artículo 28 de nuestra carta magna los prohíbe. Entonces el dinamismo económico por el que se apuesta se convierte en poderes fácticos que inciden y hasta redactan leyes a su conveniencia en el Congreso. Florece así un entramado virulento entre políticos y empresarios quienes se empeñan en acrecentar sus ganancias económicas, en continuar en el poder y, por qué no decirlo, en oxigenar al statu quo.

Ante ello, debe enfatizarse que el espectro radioeléctrico (lugar por el que viajan las ondas electromagnéticas que hacen posible la radiodifusión), corresponde al dominio directo de la nación, el cual es “inalienablee “imprescindible”, según versa la Ley Federal de Radio y Televisión. El artículo 27 Constitucional, por su parte, establece que los recursos con los que cuenta el país pueden ser concedidos para que particulares o sociedades constituidas mediante la ley los exploten. Las concesiones para la operación de frecuencias de radio o televisión son otorgadas por el Estado.

Y es en el artículo 5° de la ley de medios donde  se enuncia que la radio y la televisión “tienen la función social de contribuir al fortalecimiento de la integración nacional y el mejoramiento de las formas de convivencia humana,” así como “fortalecer las convicciones democráticas, la unidad nacional y la amistad y cooperación internacionales,” de acuerdo con lo estipulado en su fracción cuarta.

Pero al estar la gran mayoría de las concesiones de dichos medios en unas cuantas manos, como hemos escrito líneas atrás, la calidad informativa se reduce y, en ocasiones, se editorializa a conveniencia. Por ello, “las insuficiencias de los medios se pueden convertir en algunas de las deficiencias en los regímenes democráticos. Y al contrario, cuando una sociedad es democrática, ofrecerá un contexto apropiado para un desempeño profesional de los medios.[4] México, por tanto, no es todavía un régimen democrático.

El triunfo

El regreso de Carmen Aristegui al cuadrante significa, entre otras cosas, una batalla ganada en favor de la libre manifestación de las ideas y del derecho constitucional, fundamental, de informarse, informar y ser informado. Por tanto, a principio de cuentas, es plausible que esté de vuelta ante los micrófonos informando de lo que, sencillamente, en otros espacios no se toca ni se habla.

A un año y ocho días de distancia, el caso Aristegui develó el camino pesaroso en el que andan a diario los periodistas de este país. Si a la periodista con mayor audiencia en la radio la sacaron del aire con la argucia de que cambiaba el modelo editorial de la empresa, vemos con tristeza la desventura de los periodistas a quienes silencian hasta arrebatándoles la vida.

Los medios de comunicación, como hemos visto, fungen un papel vital en la democratización de la sociedad, y en una democracia funcional debe existir la pluralidad de voces diversas porque sin libertad de expresión, no hay ni habrá democracia. Los Vargas, concesionarios de la frecuencia 92.5 de FM, MVS Radio, han entendido a bien este mensaje y han apostado por una propuesta de comunicación que beneficia al auditorio, con una nueva opción para informarse; a los periodistas decididos a tocar donde duele y a señalar lo podrido; y a ellos como empresa periodística, no renunciando a su derecho de hacerse de recursos.

Y, a las cosas por su nombre: a los señores de la radio y la televisión, antes llamarlos “dueños de los medios”, tenemos que nombrarlos como lo que son: concesionarios de un bien de la nación. Por tanto, tienen las frecuencias de radiodifusión que cumplir con una función social. ¡Enhorabuena a Carmen y a su equipo de profesionales y felicidades a los Vargas por su gallardía ante la tormenta!


[1] Datos de concesiones otorgadas para radio y televisión: Secretaría de Comunicaciones y Transportes.

[2] Beatriz Solís Leree. Concentración, derecho a la información y democracia. Revista digital, Diálogo Político.

[3] Javier Corral Jurado. Artículo: Medios y democracia. El Universal, 13 de febrero de 2007.

[4] Raúl Trejo Delarbre. Muchos medios en pocas manos.

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