Besos robados

Héctor Alejandro Quintanar

 

 

Los  fundamentalismos  enceguecen a quienes los padecen. Peligroso resulta para la sociedad  el hecho de que  existan  sectores  donde  se crea que  su visión del mundo es la única válida  y es ésta la que debe ser  impuesta a todos.

Ya que  este elemento arcaico  y  nocivo, el fundamentalismo, exista  en   la sociedad ajena al poder es  notoriamente  algo grave. Pero, ¿qué pasa cuando son los políticos profesionales  los que dan señas claras de  adoctrinamiento  brutal?  Fanatismo  y poder  conforman,  entonces,  un binomio  letal.

Sobradamente se sabe que en el Partido Acción Nacional,  fundado    en 1939,  se  han enquistado desde siempre   grupúsculos  pertenecientes a ideologías  retardatarias: desde aquellos sinarquistas  admiradores del genocida Francisco  Franco hasta  el Yunque  y sus grupos de fachada, todos ellos de corte  ultraconservador y  de  talante  francamente  fascistoide.

Como   bien lo han señalado diversos expertos –como el periodista Álvaro Delgado o los investigadores  Edgar González  Ruiz y Octavio Rodríguez Araujo-   estas facciones y camarillas  han ido poco a poco perdiendo su carácter   clandestino   y han empezado a ascender al interior de las entrañas de Acción Nacional. Y, desde tiempos de Vicente Fox,    han alcanzado   la cúspide política, al grado tal que hoy    comandan  en las intrigas palaciegas del partido blanquiazul   y  detentan un poder   considerable, de tal suerte que el actual  presidente  -de facto-, Felipe Calderón,  se mantiene a atado a estos intereses turbios dado que le ayudaron a  asirse  de la silla presidencial.

La ultraderecha,   tendencia a la cual se adscriben estos  hatajos,   es hoy un triste factor  real de poder en México, y lo peligroso de ellos no estriba en su medieval  cuanto absurda manera de interpretar la realidad, sino  el deseo de imponer esa visión  a los ciudadanos por la vía de la fuerza.

En esta cruzada por las buenas conciencias, el panismo ha cometido  los desatinos más  abyectos: con Fox, por ejemplo,    en su séquito de gabinete  hubo polémicas debido  a  ciertos intentos de censura a películas  que criticaban a la Iglesia Católica. Se recuerda el caso de El Crimen del padre Amaro,   que despertó  rencores en  gente como  Carlos Abascal, a la sazón secretario del Trabajo.

Años después  surgió la polémica   sobre la píldora del día siguiente,  que para sectores gubernamentales su carácter  “abortista”  debía  hacerla salir de la lista de medicamentos   manejados por la  Secretaría de Salud.

El atuendo  santurrón,  hipócrita y represivo de la ultraderecha se ha manifestado en diversos puntos del panismo nacional. En Querétaro, por ejemplo, el ex gobernador  Francisco Loyola   exigía la  pena de muerte a los zapatistas. En Jalisco, verbigracia,  Emilio González  -actual mandatario-   dona dinero  público a  la Iglesia Católica. Hace  dos años se  oía el rumor de la posible creación de un partido sinarquista  financiado por el empresario panista  Lorenzo Servitje, a la par de la llegada de un  fascista como José María Aznar  a  “impartir clases” al Tec de Monterrey. Cosas que, para bien del sentido  común,  quedaron en meros proyectos. Pero el fantasma del   conservadurismo duro  sigue rondando en México.

En los últimos  días  se supo de una noticia que escandalizó al país. El presidente municipal de  Guanajuato, Eduardo Romero  Hicks,  emitió un bando   por el cual se prohibía en público, entre otras cosas,  las groserías,  los besos, los “tocamientos obscenos”  (cualquier cosa que esta sandez signifique), e incluía multas a aquellas personas que   se dedicaran a limpiar parabrisas, pidieran limosna en la calle o no  usaran  los puentes peatonales.

Alguien podría  calificar este bando como de “polémico” en  aras de   ser respetuoso de alguien como  Romero Hicks. Pero en política   hay que llamar a las cosas por su nombre: ese bando municipal  significa   un    atraso social y un salto al medioevo.

El “argumento” que  pretendía dar  Romero Hicks para imponer  esta ley  era descabellado: “los tocamientos obscenos  y los besos olímpicos son causa de embarazos no deseados”. Sólo un loco  podría  emitir tamaña salvajada.

Y sobre la gente que pide limosna  o limpia parabrisas,  en lugar de   tratar desde el gobierno   paliar los efectos de la desigualdad y pobreza, que  generan  la existencia de gente que trate de ganarse la  vida así, Romero Hicks   los asume como criminales.

Los equívocos  y la mala fe de Romero  Hicks sólo se comprenden  de la siguiente manera: su pertenencia al Yunque es  sabida, al igual que la de su hermano Juan Carlos –director calderonista del Conacyt-  a la par de que en el bajío mexicano es donde  el fascismo   panista ha asentado más  sus reales.

¿En que pensaba  el edil  guanajuatense al emitir  tan grande desatino? ¿No se puso a pensar que Vicente Fox no podría manifestar su amor por Marta Sahún con un beso en su propia tierra en su próxima boda, puesto que sería ilegal? ¿No pensó que  su colega Emilio  González no podría mentar madres a gusto cuando estuviera en Guanajuato? ¿No   reflexionó acerca de que el primer preso a causa de esta aberrante ley pudo ser Vicente Guerrero,  munícipe leonés,  debido a que es un  sujeto grosero que suele responder “me vale madre” a sus críticos cuando le reclaman sus cursos de tortura policial? ¿El callejón del beso  pudo convertirse en El callejón del preso, como  bien lo señaló  la Rayuela de La Jornada en días recientes?

Pensar, reflexionar,  meditar,  planear,  diagnosticar, son conceptos ajenos a las atrasadas mentes yunquistas. Qué daño significan para  la  democracia. ¿Y así  un demente como Germán Martínez sigue hablando de su misión  para “Guanajuatizar México”?

Sobre Romero Hicks,  con base en lo anterior,  vale más   no decir las palabras que realmente se merece.  Por su contundencia   y contenido explícito… podrían ser delito.

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