Spots lastimeros

Adán Castro Acosta

Con la bendición del Consejo Coordinador Empresarial (CCE) y del Partido Acción Nacional (PAN) —sendos representantes de ambas organizaciones presentes— Jesús Ortega asumió el pasado 29 de noviembre la dirigencia del Partido de la Revolución Democrática (PRD), con lo que su grupo, Nueva Izquierda (NI), mejor conocido como los Chuchos, obtuvo el control del partido.
Control que no sólo es formal, porque los Chuchos tienen en su poder el grueso de la estructura burocrática y organizativa del partido, lo que incluye instancias como el Consejo Nacional, la Comisión Política Nacional y representantes para los Congresos partidistas. Todo ello se traduce en un poder definitivo sobre la toma de decisiones sobre en el partido.
Con este poder, su política más importante en el tiempo que llevan al frente del partido es, inequívocamente, una sola: deslindarse completa y definitivamente de Andrés Manuel López Obrador, quien como candidato de la Coalición Por el Bien de Todos no sólo estuvo a punto de ganar para el partido la presidencia de la república, sino que, como dirigente de 1997 a 199? instrumentó algunas de sus victorias más significativas, como la que otorgó a Cuauhtémoc Cárdenas la jefatura de gobierno de la Ciudad de México en 1997.

Un “nuevo espíritu” para “volver a creer”
Un ejemplo de la intención chuchista de desmarcarse de López Obrador es la emisión por televisión de una serie de spots, de los cuales el que provocó más polémica fue uno donde destacados representantes de NI (Ortega mismo, los senadores Graco Ramírez y Ruth Zavaleta, entre otros) le piden perdón al espectador por ser un partido dividido y beligerante.
Dichos promocionales televisivos constituyen la columna vertebral de la estrategia de reposicionamiento del partido tras la severa pérdida de credibilidad e intención de voto registradas después del conflicto postelectoral —con el plantón en la avenida Reforma de López Obrador— y del conflicto interno por la dirigencia partidista de este año (conocido como “el cochinero” debido a la enorme serie de trapacerías e irregularidades diversas que lo caracterizaron).
En una idílica cancha de futbol, con un cielo de bellos tonos de atardecer donde brilla un enorme y blanco sol de áurea luz, en medio de una lluvia de lo que parecen blancos pétalos de rosa y una música emotiva como fondo, los senadores de NI nos dicen: “Cuando juega México, todos estamos en el mismo partido”. Carlos Navarrete, con un balón de soccer en mano, aclara todavía más: “En el PRD, jugamos en equipo con los demás”.
En otro spot, el del perdón, el primero en aparecer bajo el mismo cielo idílico del anterior es Jesús Ortega, quien pide disculpas al televidente, “porque votaste por el PRD y nos supimos unirnos del todo”. Acto seguido, Ruth Zavaleta, quien contempla el atardecer al filo del mar en una playa, implora “una disculpa también a ti por hacerte sentir que los políticos viven dividiendo”.
En dos spots más, la protagonista es una inocente y tierna niña pequeña con un gorro de chef enfundado y una cocina como escenario. En el primero, nos da la receta para “cambiar un país”: “mucho amor por México y las mejores ideas de gente que trabaja”, lo que da por resultado una reforma petrolera. “La receta es de todos los partidos, pero la mayoría de los ingredientes los puso el PRD”.
El segundo de ellos es, de todos, quizá el que más mueve a una angustiosa incertidumbre entre la risa y la lástima: la niña citada entabla con un paternal Jesús Ortega una suave disputa sobre la pronunciación correcta de la palabra: “privatización” o “pritavización”. “El tema es que el PRD puso la mayoría de ingredientes para la reforma”, concluye la niña. Y el flamante dirigente de dicho partido la complementa: “Sin pritavización”.
En la mayoría de los spots se insiste en que “hay un nuevo espíritu en el PRD” para dar paso al lema de la campaña: “Reformar es volver a creer”.
En los spots no sólo es notoria la gazmoñería, sino también, como se puede juzgar por las frases reproducidas arriba y otras, la continuación del mismo discurso que los representantes de NI llevan utilizando desde 2006, cada vez con más insistencia: la necesidad de sustituir “la fuerza” o “la violencia” por “el diálogo constructivo”. Con ello, se refuerza la idea de que existe una izquierda que se ha caracterizado por la violencia, cuando en la realidad el movimiento de López Obrador —al que van dirigidas de manera obvia dichas atribuciones— ha evitado en todo momento recurrir a medios violentos.
Por otra parte, se presenta como una virtud la propensión a “hacer equipo” con el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y el PAN, cuando lo cierto es que el consenso en reformas importantes —tan alabado por los intelectuales orgánicos y la derecha en general a últimas fechas— no garantiza por sí solo beneficios a la población.
En esta línea, se presenta la reforma petrolera como un gran logro de todos los partidos, pero principalmente del PRD, opinión que no todo el mundo comparte, para empezar desde que se cuestiona si realmente se le puede calificar a dicha reforma como “logro” o “avance”.
En todos estos aspectos es notoria, pues, la intención de establecer claras distinciones con López Obrador y sus aliados dentro del partido, puesto que se hace una velada —aunque muy clara— crítica a sus posiciones y se insiste en el “nuevo espíritu”, del partido, lo que indicaría —siempre dentro del plano del discurso— un cambio radical de las formas y de fondo con el advenimiento de NI a la dirigencia de éste.
Sin embargo, y ya fuera del terreno de las opiniones, es por demás muy dudoso que pedir perdón por televisión constituya una estrategia verdaderamente exitosa. Últimamente, el único político que ha adoptado la estrategia de pedir perdón a la gente para lograr su “redención” ha sido René Bejarano. Y con ello, no ha ganado mucha credibilidad que digamos. Si los Chuchos tomaron de ahí su estrategia, debieron haberlo pensado mejor.
La petición pública de disculpas, por más sincera y contrita que fuera, sólo puede lograr entre la opinión pública una imagen de humillación, o cuando mucho despertará un sentimiento de compasión o lástima. En la mayoría de los casos, sin embargo, lo que se transmite es una imagen de abierto cinismo y desfachatez por parte de quienes cifraron su victoria en la dirigencia del partido en los resultados cuestionados de un “cochinero”.

En esas condiciones, se contempla muy difícil la posibilidad de “volver a creer”.

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