El endurecimiento que viene

Héctor Alejandro Quintanar
 
 
 
Luis Felipe Bravo Mena es un sujeto  de discreta  actuación política,   liderazgo cuestionable e inteligencia mínima.  Eso sí, ha  sido un insoslayable participante en organizaciones empresariales de cúpula y un protector, desde la política, de intereses creados.
Con ese perfil, no podía militar en otro partido que no fuera Acción Nacional,  no en el ala  “doctrinaria” (que, ciertamente, no ha salido airosa de la putrefacción que corroe al partido albiazul y  tiene su considerable  grado de gangrena), sino en la arribista camada que se denominó “neopanismo”.
 
Ella fue  forjada por empresarios, algunos de ellos muy cerriles, que ignoraban mucho sobre  diálogo público  o doctrina ideológica pero intuyeron que  hacerse partícipes del juego político era la única  vía para ver sus intereses defendidos, puesto que suponían que el entonces todopoderosos PRI les relegaba de la actividad pública (máxime cuando gobernaron sus acérrimos  rivales: Echeverría y López Portillo, cuyas políticas seudo nacionalistas y demagógicas causaba escozor en ellos).
 
La oposición al antiguo régimen, por parte de estos empresarios,  era no por una  convicción democrática (como se supo después) sino simplemente por cuestiones prácticas:  les pesaba que el PRI-Estado fuera rector de la economía nacional porque pensaban que  la riqueza debía estar en manos privadas. Las de ellos solamente, claro está.
 
Fue entonces que saltaron a la palestra política  personajes como José Ángel Conchello y, años más tarde, Manuel Clouthier, emblemas del neopanismo, desconocedor a fondo del ideario de los fundadores y padres del PAN (como Gómez Morín, González Luna o Christlieb Ibarrola), pero muy avezados en política electoral e incendiaria.
 
Ese  grupo neopanista  se distinguió por ser contrario al ejercicio estatal en la economía y a la promoción de políticas gubernamentales destinadas a la promoción de  bienestar social (cosa que llaman “populismo”). Eran, además,  furibundos anticomunistas y proclives a  ostentar  el catolicismo extremo (otros sectores del PAN, como el que encabezaba Efraín González Luna, se refería a ellos como “meadores de agua bendita”).
 
Bravo Mena es  un fiel representante de ese sector. Su talante empresarial le hizo ser dirigente de medio pelo en la Coparmex antes de ascender  en el PAN hasta llegar a ser dirigente nacional.
En enero de 1988 aducía –como reportó Proceso- que tanto él como sus correligionarios significaban ser la “nueva derecha” y que no tenían por qué  avergonzarse por ello.
Veinte años después las cosas al interior del PAN han cambiado:  su proceso de derechización  se acentuó una  vez que obtuvo el poder en 2000 y hoy no hay sector alguno en ese partido que no tenga  rasgos pertenecientes al conservadurismo a ultranza.
Baste decir un ejemplo:  en la fingida ala “doctrinaria” del PAN, que según dirige Felipe Calderón, hay nefastos sujetos  de militancia  ultraderechista, señaladamente del Yunque, como César Nava o Teresa Romero.
 
Y ni hablar de sujetos que, sin ser del Yunque,  su comportamiento los delata como  bastiones del derechismo extremo, como Ramírez Acuña (quien destapó a Calderón en 2004) o el ahora represivo y corrupto secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna.
La decadencia  al interior del PAN  se ve reflejada en esa imposibilidad de distinguir a los “doctrinarios” de los oportunistas, y pareciera que  no quedan ya en las filas  blanquiazules defensores de principios sino  pertrechos de intereses.
 
¿No acaso es signo irrefutable de la descomposición panista la actual  ausencia total de cuadros intelectuales en el partido? Los mínimos personajes de sapiencia respetable que quedan en ese instituto, José Paoli Bolio (ex rector de la UAM) o Javier Corral Jurado (académico de la UNAM), son cada vez más relegados por sus propios compañeros e  incluso han asumido ellos mismos ligeras acciones de protesta partidista (en 2006  Paoli renunció a una postulación senatorial  plurinominal y Corral a un puesto burocrático en la dirección nacional panista).
 
 Bravo Mena, recién nombrado secretario particular de Calderón, nunca  ha dejado las filas de la ultraderecha.  Hoy, como producto del grillete que esa secta representa para Calderón,   el Yunque  mantiene sus tentáculos en todos los ámbitos de la administración federal.
¿Qué puede esperarse con los movimientos  hechos en el círculo cercano de Calderón? Con Fernando Gómez Mont en Gobernación más corrupción, con Bravo Mena en Los Pinos, más  fascismo. 

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