La mano (peluda) que mece la cuna

Héctor Alejandro Quintanar
Nadie puede dudar que Calderón desgobierna en función de los intereses minoritarios que lo encumbraron. Su vocación  es, y será,  servir a las élites, puesto que a ellas se debe y  son las que  mueven los grilletes que el presidente de facto ostenta.
La Secretaría de Gobernación ha sido el timbre   ejemplar de cómo es que  el señor Calderón entiende la política.  Su primer  encargado de velar por la vida pública interna  en México fue un cavernario de nombre Francisco Ramírez Acuña.
Ello  fue preocupante a grados extremos, y ni siquiera tanto por el hecho de que  el ex gobernador jaliscience fuese  un  sujeto cerril, corrupto, estúpido, acusado de delitos de lesa humanidad e incapaz de  mantener el diálogo con fuerzas políticas  divergentes; sino que su nombramiento evidenciaba que para Calderón los puestos públicos  son botín a merced de  connivencias turbias:  el único mérito de Ramírez había sido destapar   a Calderón  como presidenciable cuando  nadie daba un centavo por él. Centavo que, por cierto,  ni  Calderón y Ramírez Acuña juntos  han demostrado valer.
Una vez evidenciada  la incapacidad e ineptitud de ese atrasado individuo como  titular de la SEGOB –incapacidad que  todos  conocíamos excepto Calderón-, éste fue removido del puesto y llegó otro sujeto, Juan Camilo Mouriño, cuyos antecedentes pintaban un panorama sombrío.
Mouriño  representaba a la camada  neopanista que ve al poder como una plataforma de lucro personal. Desde  mucho  tiempo  antes se sabía de su tráfico de influencias (puesto que había amasado  una fortuna en el ramo  empresarial vinculado a PEMEX mientras al mismo tiempo fungía de diputado  federal perteneciente a la comisión energética), y las dinámicas caciquiles con las que su padre, Carlos Mouriño, se desempeñaba en Campeche (baste decir que Mouriño padre  funge de prestanombres de ese venal y turbio sujeto que es Vicente Fox).
La nacionalidad de Mouriño, debe decirse, poco importaba aun cuando ostentara un cargo público en México: sus pecados  primordiales eran la corrupción y  la ambición desmedida.
Y, de  nuevo,  su nombramiento  hizo manifiesto que Calderón protegía intereses creados: la misión  de Mouriño no sería otra que lograr la privatización de PEMEX, tarea que afanosamente se ciñó como suya el gobierno de facto.
Con el avionazo del  martes 4 de noviembre, que costó la vida a Mouriño, Calderón perdió a su  hombre clave, su brazo derecho en lo concerniente a la  política interna mexicana.
Empero,  fiel a su línea de  ilustrar  su corta estatura política  con base en sus nombramientos  de Bucareli,    asignó la tarea de reemplazar a Mouriño al señor Fernando Gómez Mont.
Este tipo no ha figurado en la administración pública puesto que  ha preferido  hacer carrera –y fortuna- en la abogacía,  siempre a la sombra de uno de los más  oscuros personajes de la política nacional (¡que ya es decir demasiado!): Diego  Fernández de Cevallos.
Empero,  en tareas relacionadas a reformas penales, Gómez Mont fungió de asesor de Zedillo y, desde luego, Salinas,  fiel al estilo   del Jefe Diego,  cuya complicidad con la cúpula priista derivó en ese engendro pernicioso que es el PRIAN: el ala  cleptotecnocrática  que ha  hecho reales los peores pasajes de la historia mexicana moderna (entiéndase el fraude electoral de 1988, las concertaceciones,  el Fobaproa, la crisis de 1994, etcétera).
Y al hablar de la clientela de Gómez Mont,   tan sucia  ha sido que el mismo  día de su nombramiento, lunes 10 de noviembre,  Diego puso de relieve el cochambre al  exigir a los medios que no dijeran quiénes  han sido clientes de Gómez Mont (¿el que nada debe…?).
Es bien sabido que Diego ha sido  llamado  “el narcoabogado” no precisamente por  su pulcritud y decencia. Tampoco se olvida que  el señor Diego  encabeza a aquellos que  se han hecho ricos litigando en contra del Estado. Sus mangoneos al Gómez Mont estarán a la orden del día. ¿Será que el gobierno Calderonista,  desesperado como está,  busca  lidiar por la  vía de la negociación con el  narcotráfico? ¿Será que empieza a notar la  monumental irresponsabilidad que cometió Calderón en desatar una “guerra” contra el narco en aras de legitimarse, cosa que no logrará, y que ha costado ya  un baño de sangre  sin precedentes? ¿Será que, además,  se terminará de desmantelar lo que queda del Estado  y los bienes que éste aún administra? ¿Qué tan profunda llegará la corrupción de las instituciones puesto que un hampón tendrá margen de maniobra formidable en la SEGOB? Y si se recuerda la vocación ultraderechista de Diego, ¿acaso se nos  viene una fascistización  en México eufemísticamente llamada “mano dura”?
Muchas dudas asaltan. La certeza es que  en el palacio de Covián   estará un sujeto de fachada. Pero la mano que mecerá la cuna  es peluda (de barbas, pues), y es proclive a los puros, a la corrupción, a la defensa de hampones, al negocio turbio, a la pérdida de libertades y al retroceso democrático. O sea, los sellos distintivos de la administración de Calderón.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s