PRD: divorcio de facto

Adán Castro Acosta
 
“Soy respetuoso de las opiniones de Andrés Manuel, pero nosotros votamos a favor de la reforma energética porque encontramos que no hay privatización”, dice Guadalupe Acosta Naranjo, presidente del PRD.
En declaraciones notoriamente similares, destacados representantes de la corriente Nueva Izquierda (NI) del PRD insisten en que respetan la posición que ha adoptado López Obrador con respecto a la reforma energética. Todos defienden el “respeto” a la opinión diferente. Dicen “lo respeto, pero…”
Y cuando se les pregunta si hay ruptura entre el PRD y López Obrador, la negativa es de esperarse. Guadalupe Acosta contesta: “No, tenemos un punto de vista diferente en un tema en particular”, y minimiza las diferencias dentro de su partido; según él, todo se reduce a un diferendo en cuanto a las famosas 12 palabras (“No se suscribirán contratos de exploración y producción que contemplen el otorgamiento de bloque en áreas exclusivas”) que el excandidato presidencial exigió incluir en los dictámenes de reforma a las leyes petroleras.
En declaración independiente, Carlos Navarrete complementa: “Hay una diferencia de opinión; hay quienes consideramos que la reforma tiene avances dignos de respaldarse y de festejarse, pero no vamos a descalificar las movilizaciones de Andrés Manuel”.
     Sin embargo, fuera de limitarse exclusivamente al ámbito de la reforma energética, las desavenencias en el partido, existentes desde su fundación, atenuadas en diferentes momentos de su historia por los grandes liderazgos cohesionadores, se volvieron a agudizar tras el conflicto postelectoral de 2006, y todavía con más fuerza tras sus desastrosas elecciones internas de este año.
De seguir el PRD por este camino, han advertido intelectuales, opinadores profesionales, analistas políticos, columnistas y académicos, la izquierda partidista en este país se verá cada vez más reducida en los espacios de poder y toma de decisiones.
Los costos de la división
Estos vaticinios comienzan a volverse realidad, a juzgar por el resultado de las recientes elecciones estatales en Guerrero, llevadas a cabo el pasado domingo cinco de octubre: el PRD perdió 40% de los cargos alcanzados en el año 1999.
Particularmente en el caso de la competencia por la alcaldía de Acapulco, la renuencia de la cúpula perredista a aliarse electoralmente con el PT y Convergencia —sus compañeros en el Frente Amplio Progresista— derivó directamente en una derrota electoral que fácilmente pudo haberse evitado.
Gloria Sierra López, la candidata del PRD a dicha alcaldía, fue señalada por un sector del partido como una “imposición” del gobernador Zeferino Torreblanca, quien, denunciaron, fue apoyado a su vez por la “dirigencia espuria” del PRD, representada por Acosta Naranjo.
El mismo Torreblanca es señalado por una amplia franja de su partido como un aliado incondicional del gobierno federal panista, además del hecho de que su gobierno está formado en una importante proporción por funcionarios de origen priísta.
Con este desprestigio, el partido del sol azteca perdió un importante caudal de votos que fueron a dar a Convergencia y a su candidato Luis Walton Aburto. Al final, los resultados electorales hablan por sí solos: el candidato del PRI, Manuel Añorve Baños, ganó con 76,172 votos, mientras que Walton y Sierra se quedaron respectivamente con 71,093 y 66,026 votos.
En otras palabras: de haber contendido como aliados PRD y Convergencia —aún sin contar al tercer integrante del FAP, el PT—, la suma total de sus votos prácticamente pudo haber doblado la del candidato priísta.
Sin embargo, la incapacidad de la izquierda para superar sus diferencias y actuar en conjunto debilita enormemente sus posibilidades. Como se ve, esto no sólo sucede al interior del propio PRD, sino a nivel del FAP.
Y el de Acapulco no fue el único caso: por ejemplo, en Teloloapan el diputado local del PRD con licencia Marino Miranda decidió competir con el estandarte del Partido Socialdemócrata y de esa manera le ganó al candidato perredista Orbel Urióstegui por 3,000 votos.
El descrédito del partido debido a sus fracturas internas y su ineptitud en el poder son por sí solos muy importantes factores de pérdida de votos. Así, en esta elección estatal, el llamado “voto de castigo” terminó fortaleciendo enormemente al PRI.
Una breve comparación con la pasada elección estatal —la de 2005— lo demuestra. En dicho proceso el PRD no sólo ganó la gubernatura, también lo hizo en 40 ayuntamientos de los 77 que estaban en disputa, en comparación con el PRI que se quedó con 33. En cambio, este cinco de octubre las posiciones no sólo se revirtieron, sino que dieron mayor ventaja al PRI, pues de 81 ayuntamientos el tricolor ganó 40 y el PRD solamente 25.
     En ambos procesos electorales se pelearon 28 diputaciones. Mientras que en 2005 el PRD se llevó 17 y el PRI 10, en esta ocasión la ventaja se redujo, pues el PRD tuvo 13 y el PRI 11. Y si se cuenta al tricolor en conjunto con el Partido Verde —la Coalición Juntos para Mejorar— el número de curules se iguala a 13 para ambas formaciones partidistas.
     Además de representar una fuerte derrota para la izquierda partidista, este escenario significa, entre otras cosas, el regreso de los viejos caciques guerrerenses, como los exgobernadores Rubén Figueroa, Ángel Aguirre y René Juárez, quienes gracias al ascenso de su partido recuperan o adquieren cotos de poder.
     De este modo, mientras la izquierda se enfrasca en una encarnizada lucha contra sí misma, el PRI gana posiciones, en lo que expertos han señalado como un anticipo de lo que sucederá en 2009 y en 2012.
***
La división que los principales dirigentes perredistas se empeñan en negar es un hecho. Aunque la ruptura no se declare formalmente ni haya por el momento indicios de que eso vaya a pasar, el divorcio ya es una realidad, sin necesidad de declaración formal que la avale.
Una realidad que se refleja en la imposibilidad de tomar acuerdos y de forjar alianzas, ya sea por 12 palabras en un dictamen de reforma o por la lucha por particulares espacios de poder. Una realidad que se cristaliza en dolorosa y constante resta de votos.

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