PAN rancio

Héctor Alejandro Quintanar

  

Al mirar el mapa político del país (las parcelas de poder que implican los gobiernos estatales)  se observa, en primera instancia, un panorama variopinto a propósito de los triunfos electorales de los tres grandes partidos mexicanos en diversos estados de a república.

Al mirar al bajío asalta una duda: ¿Cómo es que una región donde se  gestó la  lucha independentista, de corte antiesclavista e incluso de tonos liberales, hoy ostente gobiernos provenientes del ala más retardataria del panismo?

Esgrima la mirada el lector en entidades como Querétaro o Guanajuato. Ambas hoy  gobernadas por Acción Nacional y  plataforma de poder de algunos de los seres más  reacios a la inteligencia.

No hace mucho, Querétaro fue gobernado por Ignacio Loyola,  un miembro del yunque  e hijo político de uno de los grandes delincuentes de la política mexicana: Diego Fernández de Cevallos.  El recuerdo de su gris  legado es sólo un hospital que por mal construido se derrumbó y su célebre frase “los zapatistas merecen la pena de muerte”.

Guanajuato, por su parte, es actualmente  el bastión panista de la extrema derecha. El actual gobernador, Juan Manuel Oliva, es un asno en toda la extensión de la palabra: incapaz de  poder siquiera  hilvanar un discurso ya no digamos coherente, sino al menos  gramaticalmente correcto.

El sujeto evidenció su proclividad a los intereses minoritarios al defender en el senado la privatización de PEMEX, y al hacerlo usar datos erróneos (como la presunta falta de recursos de la paraestatal, que bien le refutó Pablo Gómez) y su  mirada elitista de la política, al  desdeñar figuras de democracia representativa.

Al poco tiempo, se supo que  el señor Vicente Guerrero, edil de León, pagaba cursos de tortura para “entrenar” a sus policías. Ni tardo ni perezoso, Oliva   hizo lo posible para defender a su correligionario. O, dicho de otro modo,  le acompañó en el ridículo.

El bajío es pues hoy cuna de diversos políticos de  afanes ultraconservadores y poseedores de ignorancias supinas. A la par de los especimenes  mencionados están también el mismo Jefe Diego,  el corrupto Vicente Fox o el mediocre machista de nombre Ricardo Alaniz.

¿Es acaso el ala  Yunque del Bajío el peor rostro de Acción Nacional, más allá de que en la presidencia de la república  está un sujeto  emanado de ese partido y viciado por una elección ilegítima y un gobierno de traspiés?

La lucha está  reñida, si se observa que en el Distrito Federal  vaya que se cuecen habas.  Desde que el PRD ganó la Jefatura de Gobierno, el PAN ha pretendido, por sistema,  ser no una oposición  razonable al gobierno del sol azteca sino  un verdadero esperpento político.

Han sido raras las excepciones de panistas capitalinos  que  han tenido la prudencia política  de tratar con el PRD sin velar en primera instancia por intereses propios. Es el caso de Fernando Aboitiz, ex jefe delegacional de la Miguel Hidalgo, quien creó lazos  armónicos con el gobierno de AMLO el sexenio pasado y ello devino en una coordinación política digna.

Empero, ha sido él sin duda la expeción de la regla. Políticos del PAN capitalino han sido una piedra en el zapato no sólo para el gobierno perredista sino para la ciudadanía en general. Federico Döring, por ejemplo,  es un corrupto  funcionario que ha  escalonado en la política  gracias a las malas artes.

Como crítico acérrimo primero de Rosario Robles (cuando él era asambleísta por la Benito Juárez) y luego de AMLO, a quien llegó a chantajear al decirle que “le bajaba a sus ataques” si el tabasqueño   ordenaba ilegalmente una resolución jurídica a favor de un cuate de Döring.  Obviamente que AMLO  mandó al diablo, merecidamente, al rubicundo panista.

Poco después, este sujeto escaló a la fama nacional al  ser el famoso mensajero del Jefe Diego a la hora de entregar los videoescándalos al payaso Brozo. Ello le valió una senaduría, desde la cual  fue uno de los más  abyectos defensores de la  nefanda Ley Televisa.

A la par de Döring  han florecido sujetos de la peor ralea en el PAN capitalino,  como Mariana Gómez del Campo, actual dirigente de ese partido en el DF,  íntimamente relacionada con el  vendedor de chatarra y defensor de pederastas Lorenzo Servitje, dueño de Bimbo, de quien aceptó dinero turbio para su campaña política cuando era candidata a la dirigencia local.

Asimismo,  la señora Cecilia Romero, prominente yunquista, fue  parte de la estructura local del PAN. Su esposo, Federico Muggenburg, ha sido desde siempre defensor de posturas protofascistas y es militante también del Yunque.

Actualmente  cuenta con una curul en la Asamblea Legislativa la señora Carmen Segura,  cuyo paso por el Fondo Nacional para Desastres fue  una verdadera cuestión perniciosa, pues, como se supo,  desvió recursos de su instancia para  favorecer la campaña del  gris y turbio Santiago Creel (por cierto, el  hombrecito está también ligado al PAN capitalino).

Pero  una de las muestras más contundentes de la miseria panista es la  emitida por el señor Miguel Erasti, diputado local,  quien el viernes antepasado, 10 de octubre, en una actitud porril,   fue a hacer el ridículo a las oficinas de Marcelo Ebrard  a quien un grupo de simpatizantes   festejaba su cumpleaños.

Pretendiendo ampararse en la libertad de expresión, este sujeto fue a provocar a los ahí reunidos, según para entregar a Ebrard un pastel y un fólder con diversas quejas ciudadanas. Como era de esperarse, la gente impidió que este sujeto actuara libremente en su patético espectáculo.

Lo único que logró fue desacreditarse a sí mismo y poner en evidencia que el PAN actual  en la capital tiene como única consigna  el  ser un obstáculo al desarrollo político no del gobierno perredista, sino de la ciudadanía.

¿Es acaso este el actuar que los fundadores del PAN pretendían para su militancia? Más allá de  ridiculeces y actos folclóricos, ¿es la defensa a rajatabla de intereses mínimos la guía moral del PAN?

Tanto en el Bajío como en la Capital, el PAN hace evidente su  brutal descomposición y la ignorancia de sus insignes dirigentes.

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