Sobre el retorno de Salinas

 

Héctor Alejandro Quintanar

Sección: Opinión

 

 

Carlos Salinas, como  nadie, luchó  hasta ganarse a pulso  el papel del más grande villano  en la historia política mexicana reciente.  Sus méritos  fueron de sobra:  ya durante el sexenio de de la Madrid,  empleó sus baterías a fondo para, desde la hoy extinta Secretaria de Programación y Presupuesto,  implementar la reorientación económica del país: el desmantelamiento del Estado y las  privatizaciones.

Con ello, los postulados  emanados de la Revolución, supuestamente defendidos por el PRI, quedaron  hechos añicos, puesto que la destrucción de las instituciones  encargadas de velar por el bienestar social  dejaba al entramado estatal como un trapo,  y en ese tránsito se  hacía un daño irreparable a la sociedad.

Salinas,  ya en su sexenio, atizó la lumbre política al ejercer  de la peor manera la titularidad del ejecutivo: su llegada a la presidencia fue producto de un fraude, que ya es mucho decir,  y  durante su mandato se dedicó a beneficiar a un grupo de cuates suyos, con el cúmulo de  privatizaciones,  y  legar una  enorme crisis económica al país.

Por otro lado,  fue un fiero persecutor  de opositores políticos. La matanza de 600 perredistas  durante su nefasto  gobierno debe  ejemplificar totalmente la forma en la cual jamás debe conducirse un estadista.

La corrupción,  no puede olvidarse, alcanzó en el sexenio salinista un nivel de escándalo  que hubiera ruborizado al más cínico de los mafiosos de la peor película de gángsters del más inverecundo cineasta mexicano. Hoy, la familia Salinas posee una riqueza inconmensurable  gracias a sus  impunes trácalas.

Salinas no dejó títere con cabeza. En el ámbito de régimen de partidos,  trató de  aplastar a la oposición nacionalista y  forjar una especie de bipartidismo PRI-PAN, a la usanza gringa. “Ni los  veo ni los oigo”, decía el calvo sujeto  a los perredistas que no alcanzó a asesinar.

Con sus llamadas “concertacesiones” Salinas  dio pie a la  degradación total del Partido Acción Nacional, y al surgimiento del monstruo más repugnante de los anales legislativos: el PRIAN, siempre velador de intereses  oscuros, como el Fobaproa.

Salinas,  perverso siempre, también tenía colmillo:  creó durante su  borrachera de poder, las redes políticas necesarias para  poder salvaguardar sus intereses. No en balde Slim es su prestanombres.

Hoy,  sólo uno que otro  periodista corrupto le sigue apoyando de forma incondicional. Sólo  uno que otro empresario mediocre y transa le sigue quemando incienso de forma abierta. Hoy, sólo uno que otro  engendro de la política (como el  fascista Claudio X. González)  sigue, de forma no velada, venerándolo. Todo ello producto de los tejidos de poder que el ex presidente fraguó.

Empero, tras bambalinas,   la cúpula PRIAN –que hoy domeña las instituciones mexicanas- no mueve un dedo sin consentimiento de Salinas de Gortari. Son vergonzantes los políticos que le fungen de perros rastreros: Peña Nieto, Manlio Fabio, Jefe Diego, Nati, el espurio Calderón, etcétera. En fin, el poder actual que Salinas ostenta es, en términos económicos,  y sobre todo políticos,   muy real. Y muy grande.

Salinas, no puede dudarse, es uno de los más poderosos personajes en México. Pero su importancia es no producto de su  inteligencia, ni de su autoridad. Su papel  lo ha ganado con base en componendas inconfesables, coaliciones   miserables,   vejaciones al Estado y a la sociedad. Se trata de un sujeto temido, no querido.

En días recientes,  el portal Reporte índigo publicó que   el señor, otrora innombrable, planea su regreso formal a la palestra política  como posible sucesor de Natividad González, gobernador de Nuevo León. Se valdría, según dice el documento, de las simpatías que goza en esa entidad, y con ello haría sentir parte del peso que tiene en la vida pública.

Pero, ¿qué necesidad tendría un sujeto como Salinas de regresar a lo que para él serían ligas menores (pues ello le significa una gubernatura)? Es cierto que en Nuevo León, como dice Federico Areola,   existen sectores sociales –principalmente los económicamente poderosos- cuya  ignorancia  raya en la perversidad.  Sin embargo,  las reminiscencias de salinismo dudosamente podrían vencer al amplio repudio que  genera este sujeto, aun  en Nuevo León.

Y además, lo más importante,  Salinas  ya  carga un poder  tremendo. En diversos sectores de enorme importancia de la  vida política mexicana no se mueve una hoja sin que él lo sepa. Que ejerza el poder  tras bambalinas no merma en nada su poder mismo.

Salir a buscar una gubernatura sería para él sólo  cuestión de ego, puesto que sus redes, tan nocivas para México, siguen  intactas. Y el PAN en el  poder formal, así las  dejará.

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