“¡México… quiere paz!”

Crónica de la marcha contra la inseguridad

Eduardo Rodríguez Soto

01 de septiembre de 2008

 

A LAS OCHO DE LA NOCHE en punto del pasado sábado, miles y miles de veladoras hicieron que el corazón de México se iluminara. Vestidos de blanco, los marchadores arribaron al Zócalo de la Ciudad Capital, provenientes  del “Ángel de la Independencia.”  Es dolor, es impotencia, es reclamo pero, al final de cuentas, significa luz de esperanza. Esperanza en que este país cambie, y esperanza en que México y su gente pueda vivir en paz, vivir seguro. ¡Utopía!, dirían algunos.

 

La delincuencia y la violencia que hacen de México un país  inseguro, no son el único ni su principal problema. México todo es un problema. La delincuencia y la violencia son tan sólo un síntoma de un país anclado en la corrupción, el cual padece de muchos males que desgarran a cada instante a su tejido social. De ahí brota la virulencia y se dejan ver las deudas, principalmente históricas, que los gobernantes tienen con sus gobernados.

 

Policías corruptos, ministerios públicos abusivos, funcionarios mediocres y políticos y militares coludidos con la delincuencia organizada, de “cuello blanco” o de “cuello negro”, según sea el caso. La educación secuestrada; sindicatos a modo; monopolios rampantes… desempleo y, claro, pobres más pobres.

 

La gota que derramó el vaso fue el asesinato del joven Fernando Martí en manos de sus secuestradores, luego de que sus familiares, dueños de los centros deportivos Sport City y del 62.4 por ciento de las acciones de las tiendas deportivas Martí, pagaron por su rescate 5 millones de pesos. Un coro de lamentos se hizo notar y sobrevino entonces la disposición de gritar un ¡ya basta!, como aquel emitido en la “marcha del silencio” de hace cuatro años, el 27 de junio de 2004.

                                                                                                                                                                            

“Si no pueden, renuncien”

 

El Monumento a la Independencia está rodeado de velas de colores, como de colores fue la vida de los victimados por la delincuencia. Ahí están sus familiares y sus amigos, quienes los recuerdan y portan, en su memoria, sus fotos. Con pancartas que se alzan, denuncian y reclaman. Asquean la impunidad. A las seis en punto de la tarde, comienza la marcha.

 

Se reta así a la blandengue clase política mexicana empañada por sus propios vicios y, la cual, a decir del analista Luis F. Aguilar: “estaba en su cielo, inaccesible, inatacable, poderosa, y descendía mediáticamente a hacer sus declaraciones, a hablar de lo mucho que hacían por nosotros, aunque no hablaran de nuestros problemas, cuestionamientos y demandas”. (Reforma, miércoles 27 de agosto de 2008).

               

Paseo de la Reforma es avivado ahora por los pasos de los marchadores, por el mexicano sonido de los menos de cien organilleros que quedan en la ciudad. Lo mismo tocan “Cielito Lindo” que “Cien Años”… de pronto, el olor a maíz  asado al carbón llega a las narices de los marchantes, como indicándoles que, pese a que pasa el tiempo, los aromas siempre perduran… se acaba la vida pero es  vida la que sobra.

 

A su paso, los marchadores cuentan historias, hacen historia. Reflexionan sobre su presencia en dicha manifestación y hasta la mamá regaña a la hija quien sólo va buscando una cámara de televisión, quizá para posar, quizá para sonreír: “Vienes a lo que vienes, no a otra cosa”, le dice su mentora. Otros se preguntan cómo va a influir directamente la marcha “Si no nos damos cuenta de que estamos aquí por un problema, entonces esto no dará resultado”, coligen dos jóvenes.

 

Las jardineras de Reforma son ocupadas por los colegas fotógrafos y camarógrafos. Quieren captar la blancura, registrarla en sus lentes, para luego llevarlas a la memoria. Los más ganones son los del periodismo “corretiadizo”, los de TV Azteca: se han elevado en tarimas para narrar en vivo el transitar de los marchantes.

 

El cielo está entre complaciente y enojado. Una llovizna hace un poco escabroso el camino. Pero no detiene el paso. “Ambrelas” y rompevientos cubren a los marchantes. Gritos y aplausos: “Mé-xi-co… plá, plá, plá…”. “To-más… To-más” (un victimado). “Queremos paz… y se-gu-ri-dad.” Y una frase más es entonada, la que el empresario Alejandro Martí imprimió el jueves 21 de agosto durante la 23 sesión del Consejo Nacional de Seguridad Pública llevada a cabo en Palacio Nacional: “Si no pueden, renuncien”.

 

“Fuera máscaras”

 

“Abajo las pancartas… abajo las pancartas”, les gritan unos cuantos a una familia que a parte de su vestimenta total en blanco, traen máscaras blancas de luchador. “Nuestras pancartas son una forma de protesta y de dar a conocer nuestro caso. Yo fui secuestrado”, le responde uno de los enmascarados a este reportero.

 

No sé qué decirle ni qué preguntarle. Su declaración fue contundente. “Señor, la gente les grita ‘abajo las pancartas’, ¿está usted de acuerdo?” “No. Nos dicen que fuera máscaras. Si yo te enseño mi cara, si yo se las muestro a los secuestradores, nos matan a los que quedamos allá. Nosotros venimos de Michoacán a protestar”. “¿Va en contra de su libertad de expresión el que la gente le pida que baje sus pancartas?”, le pregunto. “Bueno, mira, no creo porque cada quien podrá decir lo que sea, pero como dijeron que no había que confundir esto con una cuestión política, pues puede ser que tengan razón. Yo no le echo a ningún gobierno… estoy exigiendo a la PGR que ya nos haga caso. Afortunadamente yo te lo estoy contando, muchos no”, sentencia.

 

Fuego mexica

 

Los marchadores vienen agotando el camino. Van dejando atrás a los edificios que han visto vivir a la Ciudad Capital. Pasan el monumento a Cuauhtémoc, el Hotel Imperial que, en tiempos pasados, fue el edificio más alto de la ciudad con sus 5 pisos de altura. Doblan su paso antes de la Torre del Caballito y se perfilan para encarar al Hemiciclo a Juárez y saludar, al tiempo, al Palacio de Bellas Artes. Vienen los marchantes, animosos, coreando protestas. Exigen mejores realidades.

 

Flores en mano, los marchadores traen consigo. Son rosas, rojas y blancas. Algunos pétalos están tirados sobre el asfalto, como fungiendo de alfombra al paso de las familias. A través de su televisor, una vendedora de revistas y periódicos observa lo que ha su la do es un hecho.

 

Los helicópteros surcan el cielo capitalino y trazan verticalmente su vuelo para captar, desde las alturas, la blancura de la protesta y evidenciar la ineptitud de la clase gobernante, de la cual “su cielo es notoriamente tempestuoso, puesto que muerto el monoteísmo presidencial la clase política es una bola de dioses llenos de poderes y pasiones que guerrean entre sí, se engañan, se desquitan ferozmente y se destruyen” (Ibídem).

 

Al enterarse una señora que esta vez, en su mayoría, salió a marchar la gente mejor posicionada económicamente, dice: “es lógico… ellos son los más vulnerables. Su dinero llama la atención de los malosos. Cuando ellos tienen todo solucionado, lo único que piden es vivir en paz, que no les roben, que no les ultrajen. Y, por el contrario, nosotros pedimos mejor educación, que haya trabajo, que nos llegue el agua y que las cosas no cuesten tan caras.” Dos Méxicos.

 

El corazón de México arde. El olor a sahumerio invade las entrañas. El himno de guerra de un país que se dice pacífico, pero que vive en violencia consecutiva, es entonado por los marchadores que iluminan sus esperanzas con el fuego mexica que portan en sus manos. “Mexicanos al grito de guerra” contrasta sobremanera con el México que pide y añora paz y que anquilosado se encuentra por la impunidad. 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s