El petróleo: a debate y a consulta (Opinión)

 

Héctor Alejandro Quintanar

Tras  los foros de debate  petrolero, acaecidos  del 11 de mayo al  22 de julio,   se  dejó en clara la intensión de  la  reforma calderonista en materia energética:    contravenir a la Constitución mexicana  al  suplantar  funciones que ésta reserva en exclusiva al Estado a manos  de  particulares.

Esta privatización velada (que neciamente se nombra “fortalecimiento de PEMEX”)   era  algo que  se  sabía  haría Calderón de llegar a la presidencia, dadas las intentonas  de su antecesor y correligionario -Fox-  y la  turbia  trayectoria del michoacano,  que  mancó sus manos de corrupción   durante su paso por BANOBRAS  y  se entregó  rastreramente  a la oligarquía  nacional  y extranjera   durante  la campaña presidencial de 2006.

El debate, al cual   el PAN siempre se opuso,  evidenció  lo que para muchos  ya era verdad  cantada: la  reforma a PEMEX es algo  necesario,  pero no en el sentido que  la tecnocracia  enquistada  en el poder indica, sino  supeditada a los mandatos  que la Carta Magna entraña.

El miedo  del PAN al debate era razonable:  la  reforma calderonista fue  desmembrada por  diversos  expertos y técnicos, y los   que se atrevieron a defenderla públicamente  no pudieron negar la cruz de su parroquia: la mayoría  formaba parte de la actual  función pública  panista (emisarios de la secretaria de Hacienda  y del mismo PEMEX) o de las consultorías privadas.

La oposición a la reforma dominó  ampliamente en los debates, por lo que al término de éstos  la postura  del senador  blanquiazul Rubén Camarillo más que ridícula resultó  risible, pues dijo que  tras los foros “resultaba evidente que era necesaria la aprobación de la reforma del presidente Calderón” .  Vaya  ceguera:  por todos lados  fue refutada la iniciativa  calderonista. Pero quizá  este señor,  en su condición de habitante del País de lo Absurdo, quisiera que  la privatización se  llevara a cabo  para dar pábulo a seguir  encerrados  en esta caja de  locuras que es México.

Empero, nadie puede acusar al PAN y su cúpula de incongruentes:  su  negativa al debate nació de que lo único que saben es  que son ignorantes. Y su desdén a la ciudadanía,  que debe  mantener al diálogo  y a la discusión como  costumbres firmes en la vida política,  quedó de  nuevo a flote.

La consulta popular a propósito del petróleo   era una  cuestión lógica:  ya que se discutió un tema  debía  decidirse en torno a éste. Pero, desde que se planteó,  los adláteres  de las minorías,  esos pedantes y soberbios políticos que deberían estar en la niebla del olvido  y no en un puesto público,  se rasgaron las vestiduras:   la gente es idiota y no sabe  decidir. Por eso ya votaron por un puñado de iluminados que regirán sin mácula  los  máximos magisterios de la Patria.

Menuda sandez:  la democracia  en los países modernos ha de tornarse cada vez más directa para vivificar las costumbres  republicanas. Y la práctica  del día  27 de  julio  sobre  el petróleo, ha de ir en ese sentido.

En este contexto, el PRI,  en el papel  de  “partido maduro” y de “ajeno a la discordia y la división”, emite  su  propia reforma  que no es sino una calca de la calderonista: permite la entrada de iniciativa privada (que ellos  ingenuamente  llaman “mexicana”) a tareas que  corresponden  únicamente al Estado.

El panorama es desolador:  tanto Calderón como el PRI en materia energética  van en el mismo sentido,  y mientras el primero  no hace sino demostrar más su talante  de marioneta, el tricolor  da  golpe a sí mismo:  irá en contra  de postulados  constitucionales a los cuales se ciñó en su  fundación. O,  lo que es lo mismo,  quiere  ver florecer al  germen  de autodestrucción que, según Mao Tse,  todo  cuerpo lleva dentro.

La salida no puede ser entonces legislativa,  puesto que  el PAN y el ala  beltronista del PRI son suficientes para  aprobar  el paquete  privatizador. La posición debe jugarse por dos vías: la institucional (de la cual se encargarán los  legisladores contrarios a la reforma) y, la mas importante, la  popular,  donde  un polo  ciudadano hará manifiesto su rechazo al despojo y, con las armas de la paz y la razón,  descarrilará la  nueva intentona de socavar lo que queda en materia de recursos nacionales.

O,  dicho de otro modo, la ciudadanía ejercerá la democracia. Sin intermediarios.

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