Calderón a varias voces

Héctor Alejandro Quintanar

 

 

Quien asuma la jefatura de Estado de algún país,  si es que ha emanado de un proceder y contexto democráticos, habrá de asumir las causas de las mayorías como propias y del mismo modo  enarbolar el respeto a  las minorías.

La democracia, nos refiere Giovanni Sartori,  es una forma  de gobierno benéfica para todos, por lo que el enunciado anterior debe ser apenas un punto de partida.

Por lo anterior,  México es un país alejado totalmente de un escenario democrático, y a propósito pueden observarse emisiones  discursivas recientes, cuyo pábulo  fue dado por la reforma energética y el debate en torno a ésta.

En los diálogos senatoriales sobre el petróleo,  donde  ha tenido cabida una pléyade  de políticos, intelectuales y expertos  en la materia,  se han reflejado los intereses  verdaderos de la presidencia de la república, que formalmente encabeza el señor Calderón.

En el primer debate,  uno de sus más  leales epígonos, Germán Martínez Cázares, acudió en el papel  de dirigente nacional del PAN, sin embargo, fiel a su  letal costumbre,  llegó a despotricar en contra de  todos los opositores a la reforma, al   calificarlos de “teólogos del petróleo” y “privatizadores políticos”.

Debe destacarse que la voz de Martínez Cázares es el velo que cubre el pensamiento de Calderón,  y con él, refleja un mendaz desprecio a quien no piense como ellos. La virulencia y vocación  intolerante de Martínez Cázares quedan fuera de duda, pero estos rasgos autoritarios son más peligrosos cuando se trata no de un dirigente partidista, sino del presidente ―aunque éste sea de  facto―.

Durante el debate del martes 27 de mayo, y que versó sobre la sustentabilidad petrolera, en el recinto de Xicoténcatl apareció una nueva táctica contra los opositores a la reforma: asesores de la secretaría de Energía se encargaron de golpetear con enunciados ad hominem en lugar de argumentar a favor de la reforma.

Así,  Francisco Rojas, opositor a la misma pese a su pasado salinista,  fue blanco de acusaciones de esta índole. 

Lo mismo ocurrió el jueves 29 en la exposición de Marcelo Ebrard,  quien  planteó la necesidad de consultar a la ciudadanía sobre la reforma energética  y que la iniciativa calderonista  es un atentado contra el espíritu del artículo  27 constitucional. En respuesta, asesores de la SENER le reprocharon su pasado priista, en lugar de tratar de refutar lo dicho por Ebrard. Las ideas, vale decirlo, van más allá de las personas, pues aquéllas no son descalificadas en automático por éstas.

Y, como puede deducirse, en realidad no es la SENER la que emite descalificaciones baratas  y manifiesta  incapacidad de diálogo y sustento de sus “ideas”. En el fondo es Calderón el que golpetea mediante sus esbirros a la oposición a su aventura privatizadora.

Diódoro Carrasco censura  la idea de la consulta  popular. El pensamiento elitista de este sujeto se adscribe a los tenores  absurdos de Germán Martínez Cázares, y, claro, de Calderón: “la política se  hace en los recintos legislativos y no en las calles”.

Ante esa cerrazón brutal,  no hay argumento que valga. De nada serviría explicarles a esos  individuos que el sistema representativo  en México sólo representa a los partidos,  no al  total de los ciudadanos. Y que  basta con reflexionar que  sólo vota el 60 por ciento de la gente para darse cuenta que la legitimidad absoluta de la representación  es una verdadera farsa.

Pensar, por ende, que en las calles no se hace política es asumir  que  ésta es una tarea  exclusiva de recintos elitistas, donde un séquito de infalibles  regirá  los máximos magisterios de la patria y los encaminará por  inmejorable senda. Tal postura no es sólo risible: es aberrante. Más en México, donde muchos de los políticos  profesionales son en verdad una lacerante monserga.

Y, por último,  el colmo del cinismo  llega en voz de Antonio Solá.  Se debe  recordar que este petimetre es una reminiscencia del  fascismo  franquista  y promotor del odio y la división en México al ser el autor de la  nociva frase: “López Obrador es un peligro para México”.

Como se nota, la asesoría de este embustero a Calderón perdura y ahora le funge de portavoz en España, donde tiene la desfachatez de  promover ante empresarios ibéricos que la reforma energética  “es  un hecho”; según informaron varios diarios el jueves 29 de mayo.

Los dichos de Solá  no sólo van en sintonía con el perfil  neofranquista de Calderón, sino que demuestran el talante autoritario de éste; si asume que su reforma “es un hecho”, pese a que el debate sobre la misma apenas se lleva a cabo implica pensar que  el desdén por el diálogo por parte de Calderón es  evidente, y que su capricho privatizador habrá de realizarse nos guste o no.

 

Esas voces, de Martínez Cázares, de Solá, de Carrasco, de la SENER,  han engrilletado a Calderón, quien está a tono totalmente con ellos, si se recuerda que uno es dueño de lo que calla pero esclavo de lo que dice.

Y esas voces  hacen manifiestos su elitismo,  violencia  y sordera: los tonos que retratan de cuerpo entero al  perdulario rapaz y marrullero que funge de manera formal la presidencia de la república.

En una relación presidente-país debe existir correspondencia de intereses. Pero, como se nota,  la única  vinculación que existe entre mexicanos  y Calderón es de merecimientos:  ni Calderón merece presidir México, ni los mexicanos merecen un gobierno como el de Calderón.

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