MÁS DE POLÍTICA CALLEJERA

Héctor Alejandro Quintanar

 

 

En la antigua Grecia, de sobra se sabe, se sentaron muchas de las actuales bases institucionales que dan forma al entramado social. La causa es el pensamiento político que, en algunos aspectos, la comunidad griega poseía de avanzada.

Aristóteles ―ese insigne representante de la sabiduría  griega―  en uno de sus más portentosos timbres de sapiencia, nos definió a los seres humanos como “animales políticos”.

Con dos palabras Aristóteles dice mucho: genera una concepción del individuo que implica el contacto social para su existencia. Dicho de otro modo, la política es la armonización de las convivencias, por lo que es una actividad inherente al comportamiento humano.

En la actualidad el concepto de democracia ha pasado por una serie de tergiversaciones tan grande que hoy puede decirse que se trata de un término ambiguo. Es decir, cada quien entiende lo que quiere, incluidos los políticos encargados de defenderla.

Lo que a propósito de ella sí se da por sentado, empero, es que se trata de la forma de gobierno más beneficiosa para todos –como diría Giovanni Sartori―.

Pero no se trata de hacer una disertación tediosa –y ociosa- sobre un tema que a los mismos expertos deja atónitos. De la democracia y de la política  basta decir una sola cosa:   nos incumben, o deberían incumbir,  a todos.

En un  sucinto, pero  sustancial ensayo titulado “Elección de Estado”, de la obra Democracia inconclusa compilada por Guillermo Zamora, el maestro Juan Villoro asevera con vehemencia que la democracia, más que representativa, debe ser participativa en la actualidad.

En los regímenes participativos, el individuo no sólo elige a sus representantes en las instituciones, sino que toma acción en figuras políticas  singulares, como el plebiscito, el referéndum o la revocación de mandato.

Con ello, la voluntad popular –un término de Rousseau― se hace manifiesta puesto que los políticos profesionales están sometidos con frecuencia a la prueba de las urnas.

Todo lo anterior sale a colación a propósito de la falsa disyuntiva planteada por un político panista: la política se gesta en las cámaras legislativas y no en las calles.

El autor de tan sórdidas palabras, Germán Martínez Cázares, dio una  soberana lección de ignorancia  y de elitismo ya que de su frase se desprenden diversas inferencias.

Él emitió esa opinión al hablar del Frente de Defensa del Petróleo, que dirige López Obrador, y cuya intención es echar para atrás la propuesta calderonista de  privatizar -veladamente- a PEMEX.

Para argumentar a favor de la reforma, se dice que PEMEX es un monopolio. Se les olvida que la empresa es paraestatal, y que el Estado no tiene porqué andar compitiendo con nadie ya que su razón de ser es el interés público.  Esa noción es producto de la mala aplicación de la visión empresarial en cuestiones políticas.

La resistencia civil emerge cuando a la sociedad se le conculcan derechos legalmente; y ello pretende la privatización petrolera. Las perlas de Martínez Cázares lo pintan como un hombre antidemocrático puesto que para él la política se agota en las cámaras legislativas y se circunscribe a los partidos políticos.

En su estrecha opinión,  el “amplio debate” sólo se sostiene en las tribunas, escaños y curules; y no en otros medios, con lo que, se deduce, la sociedad no está apta para entender cuestiones como la reforma energética. O sea, somos torpes.

Y es por esa torpeza nuestra que los representantes populares, emanados de la sacrosanta cuan limpia votación, conforman una pléyade de iluminados que ha de guiar por buena senda los altos destinos de la patria. ¿No acaso el PAN era el primer partido en oponerse a los iluminismos mesiánicos?

Para qué se mete la sociedad en política si ya nuestros elegidos son impecables e infalibles, pareciera ser la opinión de Martínez Cázares con respecto a la participación de los mexicanos en asuntos públicos. Por eso se trata de una falsa disyuntiva: no existe la “clase política” porque la política la hacemos todos. Ella no es patrimonio de un grupo de privilegiados, aunque así pareciese.

Martínez Cázares sacó a relucir su elitismo y su estulticia. Si no está de acuerdo con la resistencia civil, debió ser prudente al manifestarlo. Pero sus palabras lo retrataron como un individuo que entiende a la política como un asunto de unos cuantos,  cuya misión es guiar a una caterva de tontos.  

Pero para contrarrestar las necedades del dirigente panista ya  Facundo Cabral fue elocuente: el peor de los tontos es el tonto demagogo: aquel que cree que el pueblo es tonto.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s