Escuela Política de Robinsones

Reconocimiento y mención a quien lo merece

 

Por su motivación y ejemplo a seguir,

al Doctor Raúl Trejo Delarbre

 

 

El día del maestro; nueve décadas de celebración

 

El 28 de septiembre de 1917 dos diputados federales emitieron ante el pleno una iniciativa de ley, que oficializó la celebración nacional del “Día del Maestro”; festejo que el 15 de mayo del año siguiente se llevó a cabo por primera vez en nuestro país. Nueve décadas han pasado; sin embargo son más de noventa años, y por mucho, en los que nuestra máxima casa de estudios, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) ha sido pilar de la razón; la cual ha cobijado y transmitido como alma mater su espíritu a destacados profesores.

 

            El reconocimiento más sincero; por encima de los años de docencia, más allá de las generaciones de alumnos y de los grados académicos; se da, desde mi punto de vista, cuando los alumnos (as), ya sea en: Reuniones, aulas, auditorios, pasillos y fiestas, entre otros lugares; reconocen –una disculpa por el pleonasmo- la capacidad y habilidad para transmitir sus conocimientos y sabiduría.

 

Muchos de mis profesores de licenciatura en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS), en la Escuela Nacional Preparatoria # 4, y hasta aquél maestro freelance, de nombre Juan -nombre tan analógico a la obra de Carlos Castaneda en Las Enseñanzas, que sin ser chamán ni psicomago, me  regularizó para ingresar a la secundaría y a nuestra máxima casa de estudios- incentivaron, tal vez sin darme cuenta, mi interés por la docencia.

 

Nunca podré olvidar la oportunidad que me brindó la Maestra Margarita Flores Santiago en mi calidad de adjunto en la materia de Teoría del Conflicto y la Negociación. Dicha profesora es un ejemplo de disciplina, conocimiento, humildad, pero sobre todo de ser humano. Ella fue una de las personas que más influyó en mi formación como estudiante y profesor. Tampoco se podrá erosionar de mi memoria; la confianza de: Eduardo Díaz González, Jorge Martínez Almáraz y Alfonso Viveros, de quienes también fui ayudante. Académicos que nunca me pidieron que les cargara un solo libro, ni mucho menos que les comprara un café; sino por el contrario me dieron la oportunidad de interactuar con los alumnos en clases completas; en las que afortunadamente siempre se respiró un grato ambiente de debate.

 

Aunado a lo anterior, nombres como: Jorge Meléndez, Froylán López, Carlos Fazio, Roberto Garduño, Francisco Peredo, Porfirio Toledo, Juana Lilia Delgado, Guillermo Tenorio, Jorge Lumbreras, Jacquelinne Sánchez, Pablo Martínez, merecen no solamente mi reconocimiento; sino también el de muchas generaciones.

 

Pero sin lugar a dudas mi máxima admiración, y respeto es para el Dr. Raúl Trejo Delarbre; quien fue mi asesor de tesis de Licenciatura y que sus consejos siempre serán un apoyo fundamental en mi formación académica. Sus cargos de investigador de tiempo completo en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, de analista connotado en el ámbito internacional y profesor de posgrado en la FCPyS, no fueron, ni son, una barrera para la incesante retroalimentación de conocimiento, para contestar un mail, para ir a desayunar, para asistir a una clase en horarios poco estelares, para una carta de recomendación, para obtener prestado un libro, entre muchas otras cosas; pero sobre todo por su apoyo moral. Reconocimiento y mención a quien lo merece.

 

Menos miel y más baile

 

No sé si desde hace 57 años las autoridades de la Efe, Ce, Pe y Ese celebren a la plantilla académica. Pero esté año, dos días antes de la “celebración nacional”, la nueva administración brindó honores a compañeros que han invertido por más de cinco, 10 y hasta 30 años de su vida a las aulas de nuestra facultad.

 

            La cita era a las dos pe eme en el Club del Académico, ubicado en eje 10; a un costado del Olímpico Universitario. Aunque no vivo tan lejos del lugar del evento, siempre he practicado la puntualidad como ejercicio cotidiano, por lo cual habría que llegar con unos minutos de anticipación a la cita. Decidí llegar por metro debido a que me había quedado de ver, como en mis épocas de estudiante de licenciatura en el famoso mural del metro CU, con mi camarada y también colega Daniel Manchinelly; la cita fue a la una y media. Después de un fuerte abrazo, decidimos llegar en taxi al evento; ya dentro de Volkswagen observamos que se acercaba un tipo con guayabera blanca, lentes de fondo de botella, calzado deportivo y pantalón de mezclilla oscuro, me preguntó Daniel: “¿Oye es Jerónimo Hernández?”, a lo que respondí de inmediato: “Claro, es el Dr. Jerónimo Hernández Vaca, él escribe acerca del Estado y movimientos sociales”. Para buena sorpresa de nosotros hacía falta un pasajero para zarpar, y apresurado y con unas gotas de sudor en la frente nos saludo el distinguido sociólogo. De inmediato iniciamos conversación acerca de sus libros y de la admiración que tenemos –sí en plural, porque los dos lo admiramos- sobre su obra. Sabiduría, sencillez y humildad, rasgos que retratan a un buen profesor, y antes de ello a un buen ser humano, fueron los lenguajes que connotó nuestro acompañante no solamente de transporte, si no también de mesa. Nos platicó que venía a la comida por que le iban a dar un reconocimiento por sus tres décadas de trayectoria académica. Ya en el lugar se podía notar un clima agradable. Aguacate con ensalada rusa, una crema exquisita -no sé de qué-, croquetas de cerdo, o algo parecido, y una buena copa de vino tinto; el viento era acompañado por melodías, de esas que se usan en las salidas de graduación de licenciatura. Estos fueron algunos de los ingredientes de la celebración. Después de las 14:30 horas se otorgaron las medallas, que seguramente serán un adorno más de la “egoteca”, de los premiados.

 

La mayoría de profesores haciendo un culto al “voto por voto”, pasaban a saludar “mesa por mesa” a sus conocidos y amigos. Era una fotografía harto singular, debido a que muchos de los académicos que observamos con una seriedad cotidiana en su rostro; carcajeaban y sonreían, tal vez connotando su alegría por los reconocimientos, o por que no estaban en un salón o una conferencia bajo la mirada de sus alumnos. Mientras tanto un servidor, trataba de esquivar el granizo que salpicaba la incesante lluvia, a la vez que disimulaba el frío con un cigarro y unos sorbos de café. Aparentaba cierta concentración al hojear una revista, cuando de repente sentí dos golpes, como esos que se le dan solamente a los camaradas de años, en mi espalda, tosí de inmediato, y también de inmediato escuche una voz ronca que decía: “Felicidades maestros, menos miel y más baile”, en ese momento me dieron ganas de voltear y encarar o saludar personalmente esas manos que interrumpieron mi como ya dije “aparente concentración”; sin embargo, un flash distrajo mi mirada, confundido volteé y salude para mi sorpresa al décimo séptimo director de nuestra facultad, al Dr. Fernando Castañeda. De ahí en adelante el baile empezó, corroboré que mis pocas habilidades para el baile no son singulares; al poco rato dejó de llover; aproveche la oportunidad para salir caminando hasta la avenida. Y ahí terminó mi celebración adelantada.

 

42, 347 profesores en la UNAM

 

En 2007 la Universidad contabilizó 42, 347 profesores, distribuidos en 26, 291 profesores de asignatura; 5, 417 profesores de carrera; 4, 011 ayudantes de profesor; 2, 337 investigadores; 3, 950 técnicos académicos y 341 con el nombramiento abstracto de “otros”. Es importante destacar que más del 60 por ciento de los académicos son contratados en el rango de asignatura; lo que aumenta la incertidumbre -semestre tras semestre- de observar su nombre en la plantilla del curso siguiente.

 

Con mis alumnos todavía más

 

Por último, a propósito de la celebración, recordé una frase de Schopenhauer la cual cohesiona lo que para mí es ser profesor: “El valor es, después de la prudencia, una cualidad indiscutible para ser felices y es algo que se puede desarrollar a través de “ejercicios decididos”… sólo el que se controla a sí mismo puede ser bueno y sólo el bueno puede ser feliz”. La docencia es felicidad. Dice George Bernard Shaw que es dichoso aquel que mantiene una profesión que coincide con su afición. Un proverbio hindú, indica que “Con mis maestros he aprendido mucho; con mis colegas, más; con mis alumnos todavía más”.

 

Zarpando hacia la razón

 

Este es el primer viaje, espero de muchos, de la Escuela Política de Robinsones, cuyo rector Julio Verne nos invita a zarpar incesantemente en busca del buen puerto de la razón y del “conocimiento militante, que controvierte, refuta y transforma, la realidad política… Somos una revolución, esta es nuestra bandera” (José Revueltas, octubre de 1968).

 

Por Gerson R. Hernández Mecalco

Profesor de la FCPyS

 

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